
Habrá que empezar por reconocer la debilidad propia: acabo de volver a ver
Carne de Fieras, esa singularidad del cine patrio, digamos de
cinema verité por lo castizo. Viene a ser una especie de historia pasional trufada de inocente sicalipsis y que hoy podemos destacar por su valor documental. Y me lleva a revisarla este
artículo reciente contándonos las vicisitudes del filme.
Resulta que se empieza a rodar el 16 de julio de 1936 en el Retiro madrileño, y se acaba dos meses más tarde, después de sufrir todo tipo de contratiempos producto de la guerra en la capital. La mitad del cuadro técnico divide su tiempo entre el rodaje y las trincheras del Guadarrama, y parece ser que el hambre que pasan los cuatro leones participantes a punto está de causar un disgusto (por vía del desmembramiento) a la francesa protagonista.
No hay que hacerse ilusiones sobre el guión, argumento, o hilo conductor, que no tiene ni pies ni cabeza (no en vano es obra del anarquista
Armand Guerra) y las cualidades interpretativas de actores y actrices brillan por su ausencia. Lo mejor de todo es la colección de postales y tipos del Madrid del momento; esos milicianos paseando por la glorieta de Atocha fusil al hombro, esos saludos puño en alto que salen como cosa natural.
Parece que el rodaje consigue terminarse gracias al empeño personal del productor
Arturo Carballo, que paga a los actores por adelantado y acaba alimentando a las fieras con los caballos muertos en el frente.
Por cierto, que sin salir del tema equino, hay que advertir que existe una buena versión de la película descargable al trote de Mula.
